EL CURIOSO SÍNDROME DE PARÍS

 

Las películas, los libros y muchas veces la misma sociedad nos han hecho creer que en París todo es color de rosa: que reina el amor, que en los bares los artistas de época comparten tragos con melodías románticas de fondo, que los hombres son todos guapos y que las mujeres se mueven por las calles de punta en blanco como si su vida se desarrollara en un film de Woody Allen. ¿A quién no le gusta creerse esta película y pensar en París como la ciudad del amor, el romanticismo y la perfección? Pero ojo, la idealización es sana, siempre y cuando seamos conscientes de que suele ser algo ajena a la realidad. Si no, preguntémosles a nuestros amigos japoneses, verdaderos simpatizantes de la cultura francesa, que desde pequeños desarrollan cierto tipo de amor e idolatría exagerada por la capital de este país.

Dicen los que saben que en Tokio los nombres de casi la mitad de las tiendas están en francés, que en el día a día se utilizan clichés como “Mon Amour”, “Oh là là!” y “C’est la vie!” y que hasta han montado una Torre Eiffel propia.

Este ultrafanatismo los ha llevado a desarrollar una ilusión irreal de París. Al viajar allí, extremadamente ansiosos, se decepcionan tanto al no encontrar la perfección que su cabeza creó durante años que algunos llegan a sufrir cuadros depresivos, mareos, angustia y hasta alucinaciones.

Se habla de un trastorno psicológico ocasionado por un shock cultural. Parece algo exagerado, pero este fenómeno sucede y ha sido bautizado como “síndrome de París”.

No quiere decir que París sea una ciudad decepcionante, de hecho, para mí y para muchas personas es de las más lindas del mundo, pero hay un detrás de escena, propio de una ciudad capital, que en las películas no se muestra: tráfico, bullicio, gente estresada, personas sin hogar, contaminación, entre otros. En su película mental, esta realidad no tiene protagonismo.

Lo cierto es que alrededor de una decena de japoneses son repatriados cada año en estado de shock y bajo supervisión médica. Es tan normal hoy en día que la embajada de Japón tiene una línea telefónica 24/7 para los turistas que padezcan de este severo "shock cultural".

Si bien me parece algo extremadamente raro, quiero confesar que en mi primera visita a París me sucedió algo parecido, digno de mi ansiedad incontrolable. Me encontraba caminando con sentido a la Torre Eiffel, muy concentrada charlando con mi amiga cuando de repente, al girar mi vista hacia la izquierda, visualicé un objeto que me dejó boquiabierta. Enseguida comenté: “decime que no es esa”. Acto seguido, mi amiga volteó la mirada y con la más grande de sus sonrisas respondió: “Siiiii”. Era ella, la Torre Eiffel. Fue muy grande mi decepción al verla tan pequeña, casi de la misma altura que los edificios que estaban por delante. Mi amiga seguía sonriendo y no demoró más de un minuto en sacar su cámara de fotos para retratarla de todos los ángulos posibles. Yo, muda.

A medida que nos íbamos acercando, la torre iba creciendo proporcionalmente a mis esperanzas. La distancia y la perspectiva mal calculada me estaban jugando una mala pasada. Fue entonces, luego de caminar algo así como 5 km, que mi desilusión desapareció por completo. Llegué a ella y me enamoré, era tal cual o más bella de lo que imaginaba. A este fenómeno personal lo bauticé “síndrome de una sudamericana boba”.

 

 

 

 

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